Pandataria, una cárcel de muros de agua

El viernes pasado, 21 de julio, tuve la ocasión de asistir al estreno de Pandataria, en el Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida, en su edición 69 de este año. Explicar una obra en la que la danza se mezcla con un texto comprometido, que además resulta notorio debido a su actualidad, no es como escribir una breve reseña de cualquier otra obra. Además, que dicha representación tuviera lugar en el emblemático teatro romano de Mérida contribuye a sumar un mayor efecto a la cautivadora y colorida puesta en escena de la obra.

Son muchas las ideas que confluyeron esa noche encima del escenario para deleite del público. Pero antes de que las ideas se desarrollaran, mediante los bailes, los lamentos y las arengas que los actores presentaban, el público podía observar, según se iban acomodando, una superficie cuadrada, decorada con una lona colorida, obra del artista Okuda San Miguel, sobre la que iba a tener lugar la acción. La protagonista de la obra no era ninguno de los actores que vibraron encima del escenario, sino un lugar, una isla: Pandataria, que a día de hoy es la isla de Ventotene, recibiendo así el nombre del antiguo volcán que se encuentra frente a la costa de Nápoles. Ese lugar representa el sueño de una Europa libre y unida; sueño que, por decirlo todo, parece cada vez más lejano debido a los ensalzados y exhalados gritos de la derecha más radical que parece teñir en la última década Europa. ¡Qué feliz coincidencia que esta pieza teatral tuviera lugar tan sólo dos días antes de las elecciones generales en España! La obra, que convierte Mérida durante esa noche en una isla, ha sido coreografiada, y a la sazón dirigida, por Chevi Muraday, destacado coreógrafo en el panorama artístico debido a su enfoque innovador y comprometido con la inclusión social y la diversidad, apoyada, además, en este caso, por los textos de Laila Ripoll y por la dirección de escena de David Picazo. Así, la fusión entre expresión corporal y declinación política no podría estar más equilibrada. De hecho, la novedad de Pandataria radica en su audaz abordaje de temas como la marginalidad, la discriminación y el destierro, a través de una trama emotiva y enriquecida con elementos clásicos.

Tan sólo por detrás de la centralidad que ocupa el binomio insular Pandataria/Ventotene en esta representación –el mundo clásico y el siglo XX–, una cárcel de muros líquidos a la que se condenaba al ostracismo a cualquiera que osara oponerse al régimen político de turno o al supuesto orden instaurado, podemos llegar al personaje principal de la obra, al que lo caracteriza también la dualidad de la mujer condenada al exilio en esta isla y llevada a la acción por Cayetana Guillén Cuervo, quien se entrega con una fuerza exacerbada al papel (o a los papeles) de los marginados de la sociedad. Por un lado, esta mujer –sola encima de esa estructura metálica que ocupa el escenario durante la mayor parte de la obra– representa a Julia, hija del emperador Augusto y forzada a casarse con su hermanastro, Tiberio, cuyo infeliz matrimonio les llevaría a la separación y al adulterio, delito sólo contemplado para las mujeres. Respetando su propia ley contra la infidelidad, Augusto decidió condenar al exilio a su propia hija, enviándola a Pandataria. A donde la seguiría la propia hija de Julia, Agripina –hija de un matrimonio anterior al de Tiberio– cuando esta se enfrentó al que ya era emperador de Roma, el propio Tiberio. Como si de una maldición se tratara, la hija de Agripina y nieta de Julia, Julia Livila también sería condenada a la soledad de esta isla por conspirar contra su hermano, el emperador Calígula. Si de esta parte de la historia contamos no con una máscara sino con tres de corte clásico, del otro lado nuestra actriz protagonista, durante lo que podemos denominar como la segunda parte de la obra, se nos presenta, con una estética militar –gracias a un cambio de vestuario significativo– como Ursula Hirschmann, la activista antifascista alemana que defendió tan alto y con tanta fuerza el federalismo europeo. Es precisamente gracias a Hirschmann y en parte también gracias a Eugenio Colorni, el filósofo socialista italiano con el que Hirschmann se casaría, y al que da voz ‘y baile’ Maraday en esta representación, que el ‘Manifiesto de Ventotene’ se salvaría del exilio del que no se pudieron salvar nuestras heroínas romanas. La historia nos cuenta que el matrimonio, muy comprometido con la oposición antifascita, termina en Ventotene (nuestra ya no tan querida Pandataria) a donde Ursula sigue a su marido, quien había sido formalmente detenido. Mientras ella huye hacia Trieste, donde daría a conocer el ‘Manifiesto’, su marido Eugenio no consigue salvarse de la maldición de Pandataria, pues tras huir de la isla, es asesinado en Roma en 1944.

Así, la trama nos sumerge en una isla aparentemente imaginaria, Pandataria, llena de color, gracias tanto a los lienzos y las máscaras de Okuda –que, en lo que hemos llamado segunda parte o acto de la obra, llevan los actores– como a las togas clásicas y a los uniformes de claro signo bélico de mediados del siglo XX, vestuario diseñado por Eudald Magri, para posteriormente enfrentarnos a una realidad aplastante. La acción, que pasa de las coreografías al texto de crítica y protesta, nos muestra primero una isla habitada por mujeres desterradas y olvidadas por la sociedad, y se transforma después en un barco de salvación y libertad, donde el lienzo de Okuda que cubría el escenario al principio de la obra se ha convertido ahora en una vela que ondea, rememorando tanto la “Victoria de Samotracia” (190) como “La Libertad guiando al pueblo” (Delacroix, 1830). La historia, como el arte, sigue las vidas entrelazadas y atemporales, mostrando sus luchas diarias, su búsqueda de dignidad y la esperanza que surge a pesar de la adversidad. Todo esto nos lo transmiten de un modo sobrecogedor, mezclando la sobriedad con la técnica, el resto del elenco de la obra: Elio Toffana, Basem Nahnouh, La Merce y Chus Western, que participan junto a Muraday y a Guillén Cuervo.

El final de la obra, como el final de la historia de Pandataria, se encuentra en el manifiesto escrito en papeles de cigarros que sobrevive las aguas del Mediterráneo escondido en una lata y transportado al continente por Ursula Hirschmann, y que es en cierto modo un lienzo que, como el de Okuda en esta obra de Pandataria, transmite la vitalidad y la variedad de la vida, el gusto por lo diferente y lo único. Es el grito de Julia y Ursula en esta representación, es la lucha de los disidentes políticos, Altiero Spinelli y Ernesto Rossi –autores del ‘Manifiesto de Ventotene’ a favor de la unión de Europa y en contra del fascismo de Mussolini y amigos de Ursula y de su marido–; pues esa es y debe ser la lucha por los derechos humanos, una lucha por desgracia tan necesaria hoy como lo era tanto en la época romana como durante el auge de los fascismos del siglo XX.

¡Viva el teatro y la trujamanía cultural!


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