Temporada de reconocimientos, tiempos de cancelación
Hace unos días le pregunté a un grupo de mis estudiantes de Literatura Renacentista Inglesa si la música que escuchan, la ropa que se ponen o las series que ven son fruto de sus propias elecciones y si creen que son originales o no. Me sorprendió que la mitad del grupo pensara que sus decisiones, ya sea en ocio o en aspectos más académicos de su vida, son puramente distintivas. ¿Es nuestra manera de pensar verdaderamente única?
Y es que las opiniones que lanzamos, en una era en la que todos podemos predicar y aleccionar desde nuestras redes sociales, afectan a otras personas, modulan la manera de pensar y crean realidad. Desde una perspectiva propia de Wittgenstein, el racismo no existiría si nadie tuviera la idea de que algunas razas son inferiores a otras. O las mujeres podrían decidir libremente sobre sus propios cuerpos si no hubiera quienes creen tener derecho a imponerles restricciones. Y algo parecido sucede con lo que las cada vez más populares –gracias a las plataformas de series y televisión como Movistar Plus, Max o Netflix – galas de premios cinematográficos consideran como cine bueno o malo.
Hace apenas unos días fueron los SAG Awards, los galardones otorgados cada año por el Sindicato de Actores de Cine de Estados Unidos para reconocer la excelencia en la interpretación cinematográfica y televisiva, premiando a Cónclave como mejor película y a Demi Moore como mejor actriz por La Sustancia, y acercándolos más al Oscar, gala que se celebrará en tres días en Los Angeles. Este es el poder de las opiniones, y en un mundo de fama y gloria (aparente) como el del cine, que tengan una mejor o peor opinión de tu trabajo vale (casi) todo.
Lo mismo se puede decir de nuestros premios cinematográficos nacionales, los Goya, que se celebraron el pasado 8 de febrero en Granada. Aunque de la cartelera internacional nominada puedo hablar de Rivales (fresca y juvenil), El conde de Montecristo (llena de aventura y emoción), La Sustancia (una mezcla de El Retrato de Dorian Gray y Carrie) y Sangre en los Labios (boxeo, realismo mágico y crítica de los estereotipos masculinos), he podido disfrutar en estos meses de un mayor número de películas españolas que creo que merecen nuestra atención. Entre otras, he visto La infiltrada, que ofrece una intrigante mezcla de espionaje y tensión, El 47, que nos sumerge en un drama urbano-rural sobre el despertar de Cataluña, La estrella azul, que destaca por su banda sonora, o La virgen roja, que presenta una historia casi inédita y muy desconocida de una ensayista feminista en la postguerra española. En la edición de este año decidieron –aunque es muy difícil de creer el empate– entregar el Goya ex aequo a la Mejor Película a dos de las nominadas (La Infiltrada y El 47). Me ha alegrado que ambas tengan relación, aunque sea de manera muy indirecta, con Extremadura. La primera de ellas a través de su actriz protagonista y columna vertebral de la historia, Carolina Yuste, natural de Badajoz; y la segunda por el lugar de origen también de la figura central de la trama. En efecto, sobre esta segunda película, El 47, ganadora de cinco estatuillas Goya, me sorprendió descubrir que cuenta la historia de un emigrante de mi pueblo, Valencia de Alcántara (Cáceres), cuyo padre ha sido recientemente recuperado de la fosa común de la mina de la Terría. La película, muy recomendable, a veces parece caer en el maniqueísmo, al dividir entre buenos y malos según quién emigró y quién no, olvidando la complejidad de la historia. Mi bisabuelo, mulero en la Guerra Civil, sobrevivió a la miseria, al miedo y a la violencia. No emigró, pero su vida estuvo marcada por la represión y la lucha, como la de tantos otros.
Aunque si hubo una protagonista, además de las dos películas ganadoras del Goya el pasado 8 de febrero, fue la ausente Karla Sofía Gascón. La actriz no asistió a la ceremonia debido a las repercusiones de sus publicaciones, racistas e islamofóbicas principalmente, en redes sociales; lo que ha llevado a su productora (Netflix) a prescindir de ella y a recibir críticas por parte de casi toda la prensa. Gascón, que debido a su papel en Emilia Pérez se ha convertido en la primera mujer trans en ser nominada a un Oscar como mejor actriz, ha estado en apenas un mes en lo más alto y lo más bajo de su carrera, pues ha sido retirada (cancelada) de la campaña de la película por parte de Netflix. El director de la cinta, Jacques Audiard, describió sus comentarios como ‘odiosos’, y su compañera de reparto, Zoe Saldaña, expresó su tristeza y decepción ante las opiniones vertidas. El periodista Manuel Jabois dijo que ‘cualquiera que no sienta un poco de pena por ella tiene un problema’, al tiempo que reconoció que hay un debate sobre cómo separar el talento artístico de las opiniones de dicho artista. Jabois también planteó cuestiones sobre hasta dónde puede llegar la cancelación por parte de Netflix, de sus colegas cinematográficos o del público. Precisamente, en la gala de los SAG Awards de esta semana, Jane Fonda, en una crítica velada a Donald Trump, defendió lo que debe ser políticamente correcto y dijo que ‘ser woke es simplemente que te importen los demás’. Como se sabe, woke en español puede traducirse, en este contexto, por ‘estar despierto’, ‘estar alerta’ o ‘concienciado’. Todo esto nos debería hacer pensar sobre la importancia de las opiniones, buenas y malas, y tanto sobre el endiosamiento o el fenómeno fan desmedido y pasional como sobre la cultura de la cancelación y el perdón.
Si se pudiera añadir algo más a este ‘culebrón’ es que Karla Sofía Gascón ha dicho hace dos días que irá a la gala de los Oscar, aunque la productora de su película no quiere que vaya. Espero que la gala sea recordada por la vencedora de la noche –para que lo será Cónclave– y no por la polémica y lo controvertido.
¡Viva la Trujamanía cultura!
Excelente. Como siempre.
ResponderEliminarConocí a tu bisabuelo. Y a pesar de lo que comentas, que es totalmente cierto, nunca fue una persona rencorosa. Que sirva también este trujamanía como homenaje a él.
ResponderEliminarMaravillosa reflexión, como siempre. Me ilusiona pensar que Extremadura ha estado presente, de una forma u otra, en la gala de los Goya:)
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