La nueva censura del siglo XXI: Roald Dahl en la fábrica del lenguaje inclusivo

 Aunque soy un claro defensor de la reescritura, la adaptación o la versión libre que pueden sufrir (o de la que se pueden beneficiar) los textos literarios ya existentes –¡qué mejor manera de presentar a Shakespeare, por ejemplo, que a través de una versión libre que lleve por título Julieta y Romeo, como es el caso de la ópera de Vaccai o también de la novela infantil de Virginia Mosquera (2022)!–, la polémica que ha suscitado la semana pasada el anuncio de la editorial inglesa Puffin de reescribir los textos de Roald Dahl no debería dejar a nadie indiferente. Y es que, hace apenas unos días, el comunicado de Puffin presentando las nuevas versiones de los cuentos de Dahl, respetando y supuestamente corrigiendo lo que hoy denominaríamos como ‘salidas de tono’, ‘chistes de mal gusto’ o ‘bravuconerías lingüísticas’ del escritor no fue bien acogido. Según la editorial mencionada, algunos ejemplos de las novelas de Dahl tienen que pasar el tamiz de lo que es apropiado y respetar las nuevas sensibilidades que marcan y determinan lo que es políticamente correcto. Adelantándome al final de esta telenovela editorial, os diré que Puffin –bajo las críticas de escritores y lectores– ha decidido frenar sus intenciones y finalmente publicará sus nuevas versiones junto a los textos originales. De ese modo, podremos elegir qué leer: si una versión descafeinada, algo aburrida y rebosante de un buenismo tedioso o los textos tal y como nos lo presentó su autor.

Durante los días que he estado siguiendo este culebrón, me ha sorprendido encontrar (afortunadamente) pocas voces que hayan defendido lo que la editorial se proponía hacer –¡hay que mantener un lenguaje inclusivo!¡hay que corregir esos chistes malsonantes y de mal gusto que están pasados de moda y que ya no tienen cabida! – y muchas voces que así piensen, en este caso, han callado. Esta es una novedad en contra de lo que podemos denominar como la nueva censura del siglo XXI, pero en otras muchas ocasiones, enarbolando la bandera de lo correcto y de la necesidad de corregir nuestra historia –¿acaso se puede?– se han destruidos estatuas, se han prohibido rodajes y se ha limitado, en esencia, la libertad del autor y del arte. La sociedad se ha prestado a lo que denomina Juan Soto Ivars, en su artículo de El Confidencial “La rara valentía intelectual que ha salvado las novelas de Roald Dahl”, como ‘deconstrucción ideológica de las obras ajenas’. No en esta ocasión, donde al autor de Charlie y la fábrica de chocolate o Matilda le han sobrado defensores como los británicos Salman Rushdie –amenazado de muerte desde 1989 en una fatua del que fuera ayatolá de Irán por su novela Los versos satánicos– o Philip Pullman –sacudido por la polémica religiosa que se le atribuye a su trilogía de La materia oscura. También ha habido, aunque en menor medida, voces que defienden lo que la editorial pretendía hacer, tal es el caso de la autora india-británica Debjani Chatterjee.

Entre algunos de los increíbles cambios propuestos a los textos de Dahl, podemos señalar los siguientes. A Gloop, en Charlie y la fábrica de chocolate, ya no se le llama ‘gordo’ (fat), sino ‘enorme’ (enormous). En la plétora de insultos que despliega Dahl, Mrs Twit, ya no es ‘fea y bestial’ (ugly and beastly), sino sólo ‘bestial’; ‘una extraña lengua africana’ (‘extraña’ es weird) ya no puede ser clasificada como extraña, aunque no sepamos ni de qué lengua estamos hablando, y el texto ha sido amputado. De igual modo, quieren modificar (¿blanquear?) las referencias a los colores; así, el abrigo del Gran Gigante Bonachón, en el cuento homónimo, ya no es ‘negro’ y Mary ahora se queda ‘tiesa como una estatua’ (still as a statue) en vez de ‘blanca como una sábana’ (white as a sheet).

¿Dónde queda la libertad literaria del autor? ¿Por qué corregirlos y no escribir textos nuevos, otras novelas infantiles, mejores que las de Dahl y que consigan destronar al escritor como uno de los referentes de la literatura infantil inglesa? ¿Existen realmente esos lectores sensibles o los estamos creando en una sociedad “políticamente correcta”? ¿Es este el camino que sientan Netflix –que ha comprado recientemente los derechos de Dahl – y de Disney, que pretende borrar la pátina de una era racista, machista y xenófoba de sus películas a la vez que tiene problemas en mostrar una sociedad que acepta los derechos queer? ¿Veremos dentro de poco, como ya se ha anunciado en Twitter, con sorna y mofa, la reescritura de las novelas de James Bond? ¿Dejaremos de conocer a Don Quijote por lo que fue y nos lo encontraremos en una versión de lo que “tiene que ser”?

¡Viva el teatro y la trujamanía cultural!

Comentarios

  1. Corregir a Roald Dahl es en sí mismo un ejercicio de estupidez. Y tocar la alta literatura para hacerla más políticamente correcta es suicidio literario. Eso sí, creo que está bien que se tiren esas estatuas. Si son las que pienso, más problemas da la censura de estos seres ecuestres homenajeados en plazas públicas que la de los llamados "ofendiditos".

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