Kenneth Branagh, un clásico más

Aprovechando que este otoño estoy en Londres, el sábado pasado tuve la ocasión de ir al estreno del Rey Lear (King Lear), que ha dirigido y protagonizado Kenneth Branagh, en el Teatro Wyndham del West End. El conocido actor y director británico vuelve así a los escenarios, donde no actuaba desde 2016, cuando interpretó a Archie Rice en la obra de John Osborne The Entertainer; personaje que ya encarnó Laurence Olivier a mediados del siglo XX. Y es que los puntos de unión entre Olivier y Branagh no sólo se encuentran en Shakespeare sino también en obras de teatro con un marcado carácter británico. La propia obra The Entertainer nos cuenta las desdichas de un cómico en una Gran Bretaña decadente. En efecto, así como Olivier fue el referente del teatro y, en parte, del cine británicos desde la década de los 30 hasta la de los 70 del siglo XX, Branagh parece convencido a tomar el testigo y continuar esa carrera de la mano del dramaturgo inglés por excelencia. No nos sorprende que Olivier también interpretara a Lear en Londres, en 1946 y 1947, así como para la televisión en 1983; esta última fue la interpretación por la que ganó su quinto Emmy.

Mis ganas de ver esta producción estaban tan motivadas por el hecho de ver a Branagh como por mi amor por esta obra de Shakespeare. Esperaba una obra, siempre fiel al texto reducido o acortado –como es la costumbre en el teatro británico, las obras de Shakespeare se reducen de su duración original de unas cuatro o cinco horas de media, pero respetando en la parte que se deja el texto original, manteniendo así las palabras del dramaturgo isabelino–, pero que aportara alguna novedad. Al contrario de lo que sucede con el texto, se puede respetar o no el tiempo y el lugar de la obra original, y es muy habitual ver Hamlets que tienen lugar en otros parajes del globo, como por ejemplo hizo la producción de Simon Godwin trasladando la obra de Shakespeare a África, para la que contó con actores negros como Paapa Essiedu (hijo de ghaneses) y que interpretaba al príncipe Hamlet (Royal Shakespeare Company, 2016-2018). En efecto, esperaba un Rey Lear que me hablara, a través de un tiempo y un lugar distintos a los de la obra original, de contextos actuales y de problemas que se repiten en el tiempo. Al fin y al cabo, la edad avanzada, la demencia y la traición de sufre Lear por parte de sus seres más queridos juega a favor de cualquier director que se precie y que quiera hacer referencia a los problemas de salud y de soledad que sufre la tercera edad de nuestros tiempos. Pero no fue así. No me encontré a un viejo, al final de sus días, que da lástima porque se encuentra perdido. En primer lugar, Branagh es bastante joven, pues tiene 62 años –recordemos que Ian McKellen tenía 78 (en 2017) y Glenda Jackson 80 (en 2016) cuando dieron vida al pobre Lear– aunque eso es lo de menos, pues un actor debe interpretar y no debemos olvidar que el primero, que se sepa, que interpretó a Lear, en la propia compañía de Shakespeare, Richard Burbage, tenía 40 años. En segundo lugar, y según mi punto de vista, el Lear de Branagh, no parecía estar nunca perdido ni demente ni fuera de control. La obra del sábado pasado estaba tan medida y cuadrada, como debía estarlo para tener a un Branagh en el centro de la escena en casi todo momento y que fuera él la luz que debía brillar por encima de todo lo demás. Pero el Lear de Shakespeare no brilla ni tiene una fuerza sin parangón, sino todo lo contrario. Tal vez ahí radique la dificultad de interpretar a un personaje protagonista que ha perdido todo el protagonismo en su reino.

Y es que tradicionalmente la crítica inglesa se ha mostrado muy incisiva cuando los actores que han interpretado al rey Lear no han convencido al público. El propio Olivier, en teatro, no recibió buenas críticas. Tampoco fueron del gusto popular ni el de Charles Laughton (1959) ni Nigel Hawthorne (1999), aunque sí ha habido buenos comentarios y elogios generosos hacia otros actores, como McKellen y Jackson.

En resumen, mis expectativas no se cumplieron y mis ganas de encontrarme a un Rey Lear contemporáneo y revolucionario se disolvieron cuando pude ver, por un lado, que el escenario recreaba la mitad de la estructura circular del Stonehenge, trasladándonos así a la Edad del Bronce y mezclando la posible leyenda del rey britano Leir que se nos cuenta  en el siglo XII en Historia regum britanniae; y por otro a un Branagh demasiado endiosado y regio, que parecía reproducir una vez más el estilo de actuar, solemne y correcto, del teatro inglés del siglo XX que tan bien (y también) hizo Laurence Olivier. 

¡Viva el teatro y la trujamanía cultural!

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